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El implacable avance de la extrema derecha

El avance de la ideología de extrema derecha es algo que resulta realmente preocupante si nos atenemos a los derroteros por los que empieza a caminar en esta Europa nuestra, cuna de las libertades, y que no hace más que seguir un proceso iniciado en USA hace ya, al menos, una década.
Ejemplo palmario de lo dicho puede ser, creo que de hecho es el paradigma de la ideología que mueve a la derecha internacional, la política italiana. Puesto el Gobierno de la República en manos de un individuo como Berlusconi, que gobierna como si el Estado fuese una sociedad anónima, cuyas normas de convivencia empiezan a estar teñidas de una xenofobia rampante, cambiando a los judíos del régimen nazi por los gitanos, y que comienza a considerar a los inmigrantes como especie a exterminar de la manera más rápida y profiláctica posible ya que, en el fondo, no son otra cosa que “delincuentes” dispuestos a apropiarse de los beneficios de un Estado del bienestar cada día más adelgazado por mor de las propias políticas neoliberales que, desde hace años, se llevan poniendo en práctica mediante la disminución de los impuestos directos, verdaderos agentes de redistribución de la riqueza generada en la sociedad, e incremento exponencial de los indirectos.
Al mismo tiempo, estamos asistiendo al curioso fenómeno, que aunque también nacido en Italia ha traspasado sus fronteras para instalarse en España, por el que las regiones más ricas exigen que las inversiones estatales o las transferencias desde el Estado central guarden proporción con la riqueza generada lo que va en detrimento de las aportaciones a las zonas más deprimidas o desfavorecidas. Es un claro ejemplo de la “ley de la selva” del capitalismo más depredador en el que el individualismo se lleva a extremos exacerbados y en el que lo importante es el yo frente a la colectividad. Aunque el “yo” adquiera extrañas formas territoriales.
Obviamente este panorama no se reduce a cuestiones económicas, ya queda apuntado el trato que los gitanos reciben en Italia y, para que engañarnos, la situación en la que este colectivo vive desde hace muchos años en esta España nuestra que se declara “no racista”, seguramente porque inconscientemente relacionamos xenofobia con la existencia de comunidades de negros.
Estamos asistiendo a una revalorización del concepto de seguridad por encima del de libertad y a la asunción por parte de los ejércitos de tareas que, en circunstancias normales, deberían ser asumidas por las fuerzas de seguridad civiles. Desconocemos si, en Italia, se da una situación que obligue a implicar al ejercito en la defensa de unos derechos que, obviamente, son conculcados únicamente por quien debería encargase de su custodia, el Gobierno en tanto que brazo ejecutor del Estado, seguramente no. Se trata simple y llanamente de implantar un estado policial o con la sociedad civil amedrentada y silenciada con subterfugios como el de la defensa de la libertad, la libertad de unos pocos poderosos frente a la de la inmensa mayoría de la sociedad.
La cuestión es que, por unas razones u otras, la intolerancia, en muchas ocasiones apoyada en cuestiones de tipo religioso, gana terreno en la sociedad occidental con el consiguiente retroceso de libertades consideradas hasta no hace mucho como sagradas e intocables, mientras que en otro tipo de sociedades ni siquiera son capaces de emerger debido a las ya citadas cuestiones religiosas. El “talibanismo”, que no es exclusivo de las sociedades musulmanas ya que crece en cualquier lugar en el que los principios religiosos son puestos por delante de los derechos civiles, ha venido a reforzar las posiciones de la extrema derecha, como ya sucede en los Estados Unidos de América del Norte, hasta el extremo de que estamos asistiendo al nacimiento de unas generaciones para las que los avances científicos, la razón y la capacidad de pensar libremente les son presentados como algo pecaminoso y que va en contra de las enseñanzas “divinas”. El pecado en suma. Eso sí, esa misma sociedad no tiene el menor empacho en aplaudir la aplicación de la pena de muerte como si su dios les hubiese conferido la capacidad de decidir sobre la vida y la muerte de otros congéneres.
Por desgracia, son pocas las voces que se alzan frente a este avance de ideologías neofascistas. La socialdemocracia parece haber desistido de acometer una verdadera puesta al día de sus planteamientos y no es capaz de ir más allá de la “tercera vía” del laborismo inglés cuyos resultados son absolutamente desesperanzadores. Las alternativas emergentes, como los movimientos antiglobalización, se muestran lo suficientemente dispersas y en ocasiones con planteamientos enfrentados que las hacen, hoy por hoy, absolutamente inoperantes al ser presentadas como instituciones antisistema en base a acciones que son vistas por unas clases medias, absolutamente alienadas, como potencialmente peligrosas para el mantenimiento de un status quo que, absurdamente, creen favorable a sus intereses.
En estas circunstancias parece que es urgente una toma de conciencia y un posicionamiento claro de quienes consideramos que las libertades se encuentran en grave peligro y de que es necesario poner en práctica nuevas formas de de democracia que devuelvan a la sociedad la capacidad de tomar las decisiones sobre los asuntos que les afectan. Quizás las nuevas tecnologías sean la herramienta necesaria con la que abordar los cambios que esta sociedad demanda.

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