¿Más estado? sí, por favor
Sólo quien no quiera ver, los necios, pueden seguir defendiendo un sistema que se basa en la eliminación de cualquier tipo de intervención del Estado en base a los sacrosantos principios de la libertad de mercado. Ese ente que, según sus defensores, es capaz de regularse a si mismo y, por tanto, de corregir las desviaciones que su propio funcionamiento genera.
La realidad, la triste realidad debemos decir, es que el mercado es absolutamente incapaz de autorregularse y de que sus actores terminan por pedir, en ocasiones hasta se atreven a exigir, que el Estado acuda en ayuda de quienes en época de vacas gordas no fueron capaces de guardar para el consabido tiempo de las vacas flacas, ese tiempo que a pesar de los pesares de los teóricos del neoliberalismo ya no se produciría nunca jamás al haber encontrado, al parecer, la fórmula para el crecimiento continuo y sostenido.
Estamos inmersos en una crisis devenida no por los consabidos y tan manidos problemas estructurales, sino por la avaricia de los gestores de entidades financieras que basan sus salarios (bonos, primas, planes de pensiones fastuosos) en los rendimientos al corto plazo mediante exitosos balances, en ocasiones y a pesar de todo maquillados, obtenidos mediante el sistema de prestar dinero a quien no puedo pagarlo aunque, eso sí, a precios que hay que calificar simple y llanamente de usura. Eso y no otra cosa fueron los prestamos subprime.
La especulación financiera, gracias a la extensión de la nuevas tecnologías y a la globalización de los mercados, se ha convertido en el alma mater de la economía. No importa producir sino mover el dinero a gran velocidad de un mercado a otro; se trata de apostar cual será el precio, en un plazo equis, de una determinada materia prima, o del valor de una divisa, y, a continuación y si es necesario, provocar los movimientos oportunos para, en función de la apuesta, hacer que su precio suba o baje. Mientras tanto, todos quietos, que nadie o nada intervenga, el poderoso mercado llevará las cosas a su sitio y algunos, siempre los mismos, obtendrán el fruto esperado ya que ese mercado siempre lleva el agua a los mismos molinos.
No se si por desgracia o suerte, al final las cosas no resultan como se espera y entonces sí, quienes no hacen mucho negaban al Estado cualquier capacidad para intervenir no sólo se retractan de sus jactanciosas exigencias sino que, al contrario, comienzan a pedir que ese mismo y denostado Estado venga a hacerse cargo de algunos de los destrozos producidos por una economía puesta al exclusivo servicio de unos pocos y en detrimento de la gran mayoría. Y el Estado viene, siempre viene porque hay que salvar el sistema dicen, y con el dinero de todos acaba por sacar las castañas del fuego a unos individuos que, siempre, se van de rositas y con la pasta íntegra para volver a comenzar el ciclo a la menor oportunidad que se les presente.
Creo que ya va siendo hora de empezar a poner las cosas en su sitio y reconocer que algunos de los pretendidos axiomas de la Escuela de Chicago eran rotundamente falsos. El Estado debe volver a recuperar la posición a la que nunca debió renunciar como ente regulador de la economía; las políticas fiscales deben castigar, sí castigar no hay que avergonzarse de llamar a las cosas por su nombre, las inversiones especulativas y la ingeniería financiera; la carga impositiva debe reestructurarse para que la imposición directa adquiera el peso que, razonablemente, deba tener y que suponga un auténtico reparto del esfuerzo fiscal en consonancia con los ingresos de cada cual y no que, proporcionalmente, quien menos ingrese deba contribuir más por el, excesivo peso que los impuestos indirectos comienzan a tener nuestros sistemas fiscales.
Más Estado, por favor, como garante de la libertad de cada individuo frente al poder de los entramados transnacionales. Más Estado, gracias, como medio para que la sociedad, nuestra sociedad, la que tenemos más cerca y también la que nos cae más lejos, la de la extrema pobreza y la explotación salvaje, sea cada día más Libre, Igualitaria y Fraterna. Todos saldremos ganando. Más Estado, el que haga falta, aunque eso sí, democráticamente regulado y en manos de los ciudadanos no de los políticos de turno, demasiado proclives a hacer lo que haga falta con el dinero ajeno para que el sistema, otro sacrosanto concepto, siga funcionando de acuerdo con los intereses de unos pocos en perjuicio de los de la inmensa mayoría. Más Estado, en definitiva, porque ese ente somos todos y el mercado sólo es de los mercaderes.