Reflexiones sobre la guerra
Tristes guerras
si no es amor la empresa.
Tristes, tristes.
Tristes armas
si no son las palabras.
Tristes, tristes.
Tristes hombres
si no mueren de amores.
Tristes, tristes.
Miguel Hernández
Cancionero y romancero de ausencias
Hace algún tiempo escribí un artículo en referencia a la entonces de actualidad guerra de Irak. Esa guerra teóricamente acabada sirgue su curso, con su cosecha diaria de muertos, muertos que parecen de segunda, pues ya ni los medios de comunicación se hacen eco de ellos; son muertos pasados de moda.
Pero esa guerra es solo una de tantas que asolan a la humanidad, la cantidad de países en conflicto es tan grande como la injusticia humana.
Me gustaría hablar de aquellos que dividen las guerras en justas e injustas, legales e ilegales, de aquellos que parecen haber olvidado que los muertos de todas las guerras son iguales, que los sufrimientos ocasionados por la guerra son los mismos, sin importarles la injusticia o no de los ataques. De quienes no han aprendido todavía que llevamos 6.000 años de historia parcheando los conflictos de la misma forma, y digo parcheando porque ninguna guerra ha solucionado ningún conflicto, sólo lo ha aplazado. La evolución de la humanidad, la civilización que tanto gustan de enarbolar algunos líderes políticos y algunos gobiernos, debería reflejarse en formas pacíficas e imaginativas de resolver los conflictos y no en otras cosas.
¿Cómo podemos llevarnos las manos a la cabeza cuando hablamos de la violencia juvenil, si los adultos sólo sabemos resolver nuestros conflictos a través de la muerte, la sangre y la destrucción?
Yo opino que ninguna guerra es justa, que ninguna razón subjetiva puede justificar la muerte de un sólo hombre; que ninguna guerra es legal, si lo legal va unido a lo moral, a lo ético, a la razón, y no a la norma.
También opino que todos nosotros somos en cierta medida cómplices y responsables de todas las muertes, de todas las guerras; nosotros que con nuestros impuestos aportamos el dinero para desarrollar la industria armamentística y los presupuestos de Defensa; nosotros que trabajamos en esa industria; nosotros que nos alistamos en sus ejércitos; nosotros que votamos a partidos que apoyan guerras y justifican ejércitos; nosotros que consumimos el petróleo que justifica algunas y que seguimos el consumismo de las multinacionales causantes de otras. Nosotros que estamos ciegos ante la injusticia, la miseria, el hambre y la desesperación que amamantan a terroristas suicidas.
Los gobiernos tienen su responsabilidad, la responsabilidad del poder, de la avaricia, del despropósito y la sinrazón; los partidos tienen su responsabilidad, la de la hipocresía, el oportunismo, la corrupción, y la falta de ética; los ciudadanos tenemos nuestra responsabilidad, la de la apatía, la despreocupación, la ceguera voluntaria o involuntaria, el egoísmo, la insolidaridad. No todas las responsabilidades son iguales en importancia, pero todas colaboran en la construcción del océano apocalíptico al que ha llegado nuestra “civilización”.
El eje del mal no está en Irak, ni en Irán, ni en ningún otro país, el eje del mal está dentro de cada uno de nosotros cuando permanecemos indiferentes ante la injusticia.
Si hay algo que me da una esperanza en estos momentos de locura humana, es ver como en este país y otros muchos, la conciencia de los ciudadanos empieza a despertar, empieza a correr el velo de la ceguera, comienza a sacudirse su indiferencia y se atreve a gritar No. Espero que ese no, se extienda como una marea de Fraternidad y ahogue todas las injusticias que nos rodean, confío en que la humanidad sea cada vez mas consciente de su papel en la construcción de un mundo solidario y que esa consciencia sea el germen de una sociedad más justa, pacífica, razonable y solidaria. Aspiro a poder ver el día en que los ojos de las personas reflejen la alegría de vivir, porque ese disfrute de la vida propia evitará la muerte ajena.
Por todo ello mi llamada es una llamada a la desobediencia, desobediencia a la guerra y a todos los factores que la originan, desobediencia a las leyes y normas que atentan contra la ética y la justicia, desobediencia al consumo desenfrenado a costa de la miseria de la inmensa mayoría, desobediencia en fin a una sociedad que engendra muerte y sinrazón.