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Dinero y conciencia

Como representante de un banco ético cuyo fundamento es la elección de empresas éticas y solidarias donde invertir el dinero, Joan Melé, Subdirector General de Triodos Bank , expone la urgencia de vincular Conciencia y dinero


¿Hacia donde camina Europa?

En un pasado cercano, que parece ahora lejano, los gobiernos social demócratas de los países europeos, articularon una forma político económica conocida como el Estado del Bienestar; en esta fórmula, se recogían derechos y libertades fundamentales conquistados a través de los siglos por los ciudadanos europeos.
En el mundo del siglo XXI desde las esferas políticas se considera este estado del bienestar como una rémora para la economía competitiva.
Las soluciones que se están dando a la crisis pasan por ir minando poco a poco las conquistas que tan duramente fueron conseguidas por los trabajadores. Las nuevas consignas son rebajar salarios para salir de la crisis, olvidarse de la justicia para conseguir la paz, olvidarse de la salud del planeta para mejorar la economía.
Y a este triste panorama se une un decreto de expulsión de la etnia gitana, desde el mismo centro simbólico del que partió en Europa la Declaración de Derechos del Hombre y el Ciudadano.
Pero lo más grave no es la medida del Gobierno del señor Sarkozy, lo más grave ha sido el posicionamiento del resto de los líderes europeos, que también callaron cuando hace dos años Silvio Berlusconi emprendió una campaña contra los gitanos en Italia.
Lo grave es que cuando alguien habla alto y claro, como es el caso de la vicepresidenta de la CE, los líderes de esta Europa nuestra hacen “causa belli” de sus palabras, en lugar de alinearse contra un atentado tan brutal contra la dignidad y el derecho de las gentes.
El gremialismo y oportunismo manifestados en el Consejo Europeo han dejado al presidente de la Comisión, José Manuel Durao Barroso, como el único capaz de plantarle cara al presidente francés y, por extensión, al resto de los dirigentes europeos, ciegos y mudos, entre ellos, a José Luis Rodríguez Zapatero.
Y lo más grave aún es la pasividad con la que nosotros, los ciudadanos permitimos todos estos ataques a la paz, la justicia social, la dignidad de las personas y el derecho a una vida y un trabajo dignos.
Sólo me queda recordar aquellas famosas palabras de Martín Niemöller:

Primero fueron a por los judíos,
y yo no hablé porque no era judío.
Después fueron a por los comunistas,
y yo no hablé porque no era comunista.
Después fueron a por los católicos,
y yo no hablé porque era protestante.
Después fueron a por mí,
y para entonces ya no quedaba nadie que hablara por mí.

Que se lo paguen ellos, los católicos

El pasado mes de junio se producía una noticia que pasó prácticamente desapercibida pero que, de alguna manera, recupera su actualidad ante las informaciones sobre cual será el coste que la visita del Papa católico supondrá para las arcas del Estado español. Me refiero a la propuesta que la Presidenta de la Federación Española de la Orden Masónica Mixta Internacional Le Droit Humain, realizaba en el curso de una mesa redonda -con presencia de todas las potencias masónicas liberales españolas- que se celebró en el Ateneo de Madrid. La propuesta en cuestión era la eliminación de la casilla “iglesia católica” de los impresos de la declaración del impuesto sobre la renta.

Digo que tal propuesta recupera su total actualidad si atendemos a que el erario público deberá correr con los gastos de la visita papal cuando esta se inscribe, entiendo yo, en el quehacer pastoral propio del personaje y que atañe de forma exclusiva a los miembros de su confesión. Sentado esto, no parece propio que si la Iglesia católica ya recibe una importante asignación a costa del erario público, seamos todos los españoles los que debamos asumir unos gastos que únicamente atañen a una parte de la población española que, supongo, sería quien debería correr con dichos gastos a través de las oportunas cuestaciones en los múltiples centros que esta entidad religiosa tiene repartidos a lo largo y ancho de España.

Volvemos, desgraciadamente, a tener que denunciar un asunto que hace años debería haberse resuelto y que se presenta de manera recurrente en nuestra vida pública a pesar de las reiteradas promesas de hacer de España un estado verdaderamente laico en el que las religiones, cualquiera de ellas, puedan ejercer su actividad pero sin que en ningún caso puedan condicionar la vida social de nuestro país.

Hemos asistido a innegables avances en materia de derechos sociales, pero seguimos arrastrando esta asignatura curso a curso en una suerte de eterno retorno “para setiembre”. Gobierne quien gobierne y háganse las promesas que se hagan, la Iglesia Católica sigue campando a sus anchas por la piel de toro, recibiendo dinero a espuertas, condicionando la vida social en base a sus particulares concepciones morales y con un enorme peso en la educación de nuestros niños y jóvenes en base a unos conciertos educativos que, si tuvieron su justificación en el momento en el que se firmaron, podemos asegurar que se encuentran absolutamente caducados por la propia dinámica social y por la evolución demográfica de España.

Parece que va siendo hora de que el laicismo se implante en nuestro país pero no con el consabido y fácil “café para todos” sino con el más claro “todos sin café”. La religión es una cuestión que se debe circunscribir al ámbito exclusivamente privado y que, con independencia de la necesaria libertad religiosa y de culto, en manera alguna puede condicionar la vida pública de ningún país. Si nos parecen fuera de lugar determinadas teocracias de raíz islámica no se entiende la preponderancia que se le permite a la Iglesia Católica española. Un ligero toque de coherencia no vendría mal.